domingo, 19 de julio de 2015

¿Qué hay al final del arcoiris? (Cuento LGBT)



Ella da una media vuelta, se mira los largos cabellos rubios que le acarician el nacimiento de las caderas. Contempla la desgarbada figura que le devuelve el espejo, con los ojos vidriosos, con los labios trémulos.
Ella no puede dejar de mirarse, buscando lo que jamás encontrará en ese reflejo ilusorio, en ese bosquejo inconcluso. Se pone de puntitas sobre los zapatitos de danza que eran de su madre, gira una y otra vez, queriendo marearse, queriendo desmayarse.
Ella lo recuerda todo perfectamente. Jamás lo olvidará. Como el hierro caliente que se marca sobre la piel y deja heridas que nunca cerrarán. Sabe que cada una de sus decisiones la llevaron donde ahora está, y nadie es más dueño de su vida que ella misma.
El sol que le calentaba la nuca mientras acompañaba a esa mujer de largos cabellos castaños hasta el salón de danza, y aguardaba fuera de la puerta, con la cara pegada al vidrio para poder vislumbrar cómo bailaba, y su figura esbelta saltaba de un lado hacia otro. Entonces mamá era hermosa, y dulce, y cada movimiento de su cuerpo era una caricia.
Aun recordaba los gritos de su padre cada vez que la descubría usando los cosméticos de su madre, cuando se miraba al espejo y trataba de ser como ella, como esa hada sutil que era mientras bailaba. Papá la arrastraba por las escaleras hasta el sótano y la dejaba ahí por horas, hasta que se cansaba de gritar y sus lágrimas no eran más que cuencos secos.
Mamá nunca se oponía. Mamá era la sombra de papá, de todo lo que él decía y la obligaba a hacer. Jamás se enfadaba, jamás se quejaba. Ni siquiera cuando ella le rompió su perfume costoso, ese de una fragancia dulce como la miel. Mamá no la regañó.
¿Por qué, mamá? ¿Por qué jamás cuestionaste nada sobre papá? ¿Por qué podías sonreír aun cuando sabías que él no te amaba? ¿Por qué a él lo seguías amando a pesar de todos sus errores… pero no pudiste seguir amándome a mí?
Ella era una de las mejores alumnas de la escuela. Los profesores del instituto siempre halagaban su buen desempeño, pero cuestionaban su personalidad. Sus modismos, su forma de llevar el cabello, su forma de vestirse. Sus compañeros de clase no la aceptaban. Esperaban a que las puertas del colegio se cerraran, y cuando nadie podía defenderla, la golpeaban hasta que su rostro no era más que una masa amoratada. Mamá nunca cuestionaba por qué tenía esos golpes. A papá no le importaban.
Ella era muy tímida. Cada vez que intentaba entablar una conversación con alguien los nervios le fallaban y quedaba en ridículo. Ella siempre fue muy torpe. Ella creía que nadie podría amar a alguien tan insignificante hasta que… apareció él.
Lo conoció en la liga de deportes que su padre le obligaba a hacer después de la escuela. Le gustaban sus ojos negros, su boca de labios finos, el cabello castaño que le acariciaba la frente cada vez que se inclinaba para reír. Pero él jamás la miraba. Era imposible que se fuera a fijar en ella, con todos sus errores y todas sus anormalidades.
— ¿Te gustaría que te acompañe hasta tu casa?
Él no sabía lo acelerado que estaba su corazón cada vez que se le acercaba. Él no tenía idea, por eso hacía esas cosas, por eso la ilusionaba cuando sabía que jamás podría amarla.
—Me gustas.
Ella se lo había imaginado miles de veces, cómo  sería su rechazo, cómo se sentirían esas palabras que calaban hasta el alma e iban derrumbando una a una sus esperanzas. Pero él sonrió. Y la besó. Y fue un beso tan profundo y tan extenso, que hasta alcanzó la luna con uno de sus suspiros, y volvió hasta la tierra sólo para continuar a su lado.
Ella estaba enamorada. Y ya no importaba lo que dijera su madre cada vez que la veía usando sus cosméticos, y ya no importaban los golpes de su padre cuando no le permitía salir de la casa vestida de esa manera. Ya no importaba nada.
— ¡Si sales por esa puerta jamás vuelvas a entrar!
Ella se marchó. Se fue con él a un viaje errante. Lo esperaba volver hasta altas horas de la noche, y jamás salía del hotel hasta que él llegaba. No se lo permitía. Pero todo aquello valía la pena si al llegar nuevamente la recibía en sus brazos, con esos besos cálidos y esas caricias dulces que nadie había sabido darle.
Ella los vio. Él tenía en sus brazos a esa chica que no era como ella, que tenía las caderas anchas y la cintura de avispa, que tenía los pechos firmes y la barbilla pequeña. Ella los encontró juntos en el hotel, pero no pudo decir nada. No tenía derecho.
—No, no me mires así… sabías que no iba a poder continuar con esta locura.
Ella no se lo negó. Simplemente se esfumó en el aire, como la brisa suave que arrastraba las hojas. Y jamás volvió a verlo.
Vagó sin rumbo por las calles; una noche la acogían los sabuesos hambrientos que descasaban hechos un ovillo bajo la luz artificial del poste; otras se acurrucaba en el banco del parque, buscando calor tras un montón de periódicos viejos.
Mamá fue a buscarla. Papá había muerto. Su preciado Porsche se había estrellado contra un camión de carga. Ella se vistió de negro. Contempló los rostros que expedían sus falacias de llanto, que fingían dolor cuando nadie lo iba a echar de menos. Mamá no dejaba de mirarla. Sí, de esa misma manera que cuando la vio por primera vez llenándose el brassier de algodón y pintándose el rostro con sus cosméticos.
Yo lo sé, mamá. Tú no esperabas esto de mí. Cuando los médicos te decían “es un varón”, tú soñabas con un hijo abogado, ingeniero o doctor. Cuando me veías crecer querías hacerme a imagen y semejanza de papá, para que él se sintiera orgulloso de ti. Pero cuando quise ser como tú, mamá… entonces no pudiste soportarlo.
La casa se había convertido en una mazmorra silenciosa y decrépita, que veía la figura menuda de su madre desfilar sin rumbo, cual alma en pena. Mamá no decía nada. No gritaba, no se quejaba. Mamá nunca decía absolutamente nada.
Ella volvió a huir, pero no de su madre, ni de su padre, ni de él, ni de la casa… quería huir de ella misma, de todo su pasado, de lo que fue y lo que jamás podría ser.
Conoció una y mil almohadas que al despuntar el alba estaban manchadas de culpa. Conoció una y mil razones para odiarse aún más. Hasta que la conoció a esa mujer.
Intentaba ocultar sus cabellos canosos con una potente tintura rojiza, se pintaba las uñas escandalosamente y usaba una malla ajustada que a sus cincuenta años de edad la hacían ver como una gran muñeca desgarbada. Poseía la sabiduría más infinita y sus palabras de consuelo eran como caricias sobre sus heridas. Al caminar cojeaba porque su esposo la había golpeado tanto que le quebró en ocho partes el fémur. Ahora que era vieja y estaba viuda sólo le quedaban sus recuerdos.
— ¿Qué tanto miras en ese espejo, cariño? ¿Qué esperas encontrar?
Ella vio que a través de su reflejo, esa mujer que había sido como su madre todos esos últimos diez años se le acercaba despacio, sosteniéndose con el bastón.
¿Por qué, mamá? ¿Por qué no pudiste comprenderme como lo hizo ella cuando intentaba explicarte lo que sentía? ¿Por qué me ignoraste y preferiste pensar que estaba enferma en lugar de aceptarme tal y como soy?
Sintió su mano cálida que le acariciaba la mejilla y se acercaba junto a su oído, para sostenerle la barbilla y obligarla a contemplarse.
— ¿Qué es lo que ves en ese espejo?
Las piernas que eran demasiado largas y nudosas, la espalda ancha y la nuez de adán que no lograba ocultar ni siquiera tras esa delicada bufanda de plumas, la forma gruesa de su barbilla que a pesar de maquillarse el rostro no podía pasar por desapercibida.
No sabía qué era  lo que estaba viendo, ¿qué era lo que deseaba ser? Había dejado todo atrás, ¿para ser qué?
La mujer le acarició los cabellos rubios que se deslizaban por su espalda, susurrando en tono suave.
— ¿Quieres que te diga qué veo yo?
Ella derramó una lágrima silenciosa que corrompió el iris verdoso de sus ojos, para caer lentamente hasta su barbilla.

—Una valiente mujer.


Autora: Abigail De Von

Más allá del silencio (Cuento Drama)




Una anciana, llamada Margarita, amaneció con el corazón agobiado y lleno de dolor, a pesar de ser creyente, y se orientó a paso cauteloso entre medio de la oscuridad, tanteando lo poco que iluminaba una lámpara de mesa. El interior de la habitación era un recoveco infinito, y cada paso que daba tropezaba con los muebles. Había un moribundo olor impregnado en las paredes. Los años vinieron por si solos, proclamando una emanación funesta. Era el monstruo de la ambigua desazón del pasado. La abuela habría dado todo lo que fuera por salir de aquel mundo, por escapar de la potestad peligrosa de los recuerdos. Sin embargo carecía de toda voluntad, el Alzheimer le estaba consumiendo lo poco que le quedaba.
— ¡Por Dios! ¡Dame fuerzas! —Exclamó, arrimándose al escritorio de madera—. No me abandones…
Se dejó llevar por la imaginación y, luchando a viento y marea, hizo lo que pudo, unos dibujos a color. Curvó la muñeca con delicadeza, deslizó el lápiz de arriba abajo, sin dudar lo que estaba haciendo. Utilizó tres hojas. A la media hora, cuando creyó que había terminado, se arrimó a la ventana y descorrió las cortinas para que ingresaran a caudales los chorros de luz solar.
Ella era una mujer huérfana, bajo el cuidado de los servicios de un geriátrico, a quien a menudo unas mujeres le limpiaban, por debajo del colchón, donde, constantemente, se orinaba; y aquellas señoras de limpieza siempre la atendían amablemente.
Lo segundo que hizo fue salir a la puerta para disfrutar del día. Exhaló un prolongado suspiro. Los pájaros cantaban y revoloteaban. Los abuelos se encontraban ya reunidos en una mesa, charlando del mismo tema, como todos los días, con ternura y pasión:
— ¿Les he dicho que he trabajo de pesquero? Era un trabajo honrado.
— ¿Resististe los mareos? —le preguntó otro, tosiendo con fuerzas.
—Si. Fueron los mejores momentos. Me estaban pagando miserias, pero me gustaría repetirlo de nuevo. Lo haría gratis.
—Mi padre era ayudante de un cineasta famoso—comentó un viejo—. Tenía once años cuando me llevaba a leer sus monólogos. Eran interesantes.
— ¿Hace mucho que no veo a mis hermanos? —Dijo una abuela, con tristeza—. Tengo que ir a visitarlos. Vivíamos todos juntos en el campo…
— ¿Cómo se llaman? —la interrumpió uno.
—Guillermina, Faustina y Patricio—respondió, amargada—. Me dejaron sola… Mi abuelo, Enrique… Nunca vino a visitarme…
Al llegar la noche, Margarita se acercó con cautela a la entrada de la casona y su corazón comenzó a latir agitado dentro de su pecho. Una persona, de aparentemente cincuenta años, bajó de un auto y se encaminó hacia su encuentro. Éste la saludo, abrazándola. Por su parte, no articuló ningún gesto en el rostro. Durante unos quince minutos no movió ningún músculo. El muchacho que ahora se había convertido en hombre contuvo las ganas de llorar. La tomó de las manos y entraron nuevamente; subieron unos escalones por encima de la marquesina, y detrás de la puerta, se hallaba de pie, sonriente, una mucama, que los recibió con los brazos en alto. Margarita la ignoró; el joven dirigió sus ojos por detrás de la joven y le hizo una seña que quería acompañarla hasta el fondo del pasillo. Enseguida se lo permitió, haciéndose un lado.
Continuaron hasta el final y, sin pronunciar palabra, se metieron en el cuarto. El lugar se había vuelto penoso como si algún ser querido que falleció ahora estuviera allí. Y entonces, Margarita se sentó en el pupitre con congoja.
— ¿Qué sucede? —le dijo él, preocupado, reteniendo un nudo grande en la garganta.
—Mira esto—respondió, con un hilo de voz—. Tenlos.
Cogió los mencionados papeles. Los observó, lleno de vértigo. En el primero, se había hecho ella misma, sosteniendo a un bebé, en una sala de un hospital. En la otra, recibiendo, con una espléndida sonrisa, de oreja a oreja, a un hombre con un birrete en la cabeza. Y en la última descubrió una ventana…

Le clavó la vista a Margarita. Ésta no le devolvió la mirada. Meditaron en el silencio, mientras una nueva e insoportable sensación apareció en escena. No se atrevieron siquiera a contemplar el cielo nocturno, al tiempo que luchaban por rechazar la idea de que algo más allá los estaba esperando. Pasaron unos cinco minutos y, antes de que pudiera reunir coraje, la aupó, colocándose en un sillón de cuero usado.
— ¿Quieres que te cante? —le preguntó.
Margarita afirmó con la cabeza.

— Arrorró mi niña, arrorró mi sol. Arrorró pedazo de mi corazón. Esta niña linda se quiere dormir y el pícaro sueño no quiere venir. Esta niña linda que nació de noche quiere que lo lleven a pasear en coche. Esta niña linda, ya quiere dormir; háganle la cuna de rosa y jazmín…
Soltó una lágrima y continúo.
—Arrorró mi niña, arrorró mi sol. Duérmete pedazo de mi corazón…
Se secó las mejillas.
—Madre—dijo suspirando—. Siempre te voy a amar y te voy a recordar.
—Yo también, hijo.
Y cerró los ojos. Otro camino la aguardaba, por razones que conocerá en el Paraíso.


Autor: Aaron Gabriel Rossie



Poseído (Cuento Terror)




Otra noche, otra oportunidad para visitar las puerta del infierno. Eso es lo que pensaba un hombre antes de dormir. Se alejó de la realidad, contemplando el techo rajado por una grieta de humedad.
Cuando la oscuridad le tapó la vista, cerró los ojos, rezando. Antes que el búho cantara, se despertó con la sensación que sería más fácil llorar que gritar.
Estando boca arriba, sintió un leve temblor en la cama, que lo paralizó del miedo. No se movió. Intentó pedir auxilio, pero un nudo en la garganta se lo impedía.
Laura, su esposa, quien se encontraba al lado suyo, no se percató de lo sucedido. El marido quiso llamarla y en ese momento algo escondido entre las penumbras saltó hacia la ventana, gimiendo, entre chillidos de murciélago degollado.
— ¡Déjame en paz!—exclamó el muchacho.
— ¿Qué pasó?—dijo la mujer, enojada.
—Otra vez, Laura. Otra vez…—dijo angustiado.
Ese mismo día, el hombre pidió una cita con el psiquiatra, como lo venía haciendo hace una semana… una semana atestada de sueños horrorosos, en los que veía a lo lejos una sombra…
—Cada vez se me acerca más—explicó el paciente, reposando en una cama, fijando la vista hacia un costado—. Lo último que vi es que entraba por una puerta…
El especialista era una persona mayor, de pelo castaño, con barba. Tenía anteojos y ahora lo miraba por debajo de los lentes.
—Tranquilo, Alan—musitó, dejando escapar un prolongado suspiro—. Son recuerdos o sensaciones que quedaron almacenados en el subconsciente durante un lapso de tiempo. Quizás esa “cosa” que te anda acosando sea producto de los problemas que tienes con tu pareja. No es aconsejable que te guardes lo que piensas acerca del amor. Háblale, pregúntale cuál es el problema y respóndele las inquietudes.
—Francisco—dijo, sentándose—. No hay vuelta. Todo tiene un fin. Haré lo que usted me diga. La semana que viene no voy a poder verlo.
— ¿Por qué?—preguntó.
—Hoy me voy de vacaciones—respondió con rapidez.
— ¿Con Laura?
—Prefiero estar solo—finalizó, serio.
—Bueno, Alan—miró el reloj de madera que estaba en la pared—. La sección ha terminado. Nos veremos la próxima. No olvides de seguir tomando la medicación.
—Hasta luego—dijo el muchacho, extendiéndole una mano. Francisco se la estrechó fuertemente.
El psiquiatra lo despido amablemente. Luego acomodó los libros en los estantes, cerró las cortinas, tomó el bolso del perchero, el móvil y se fue a la casa.
Mientras conducía se acordaba lo que le había relatado la primera vez, sobre la aparición de un “bicho con forma humana” Estaba claro que la situación era extremadamente delicada.
Francisco cenó junto a su familia. Al terminar, le comentó a la mujer, Anastasia, lo del paciente.
—Te estás preocupando mucho y al final, como ya te lo he dicho, no vas a poder solucionarlo—le dijo ella, con actitud desdeñosa—. Está loco.
—Lo sé—articuló—. Me preocupa igualmente algo que me narró.
—Vamos a la cama—lo tomó de los brazos.

Esta vez, Francisco no pudo dormir. Las sombras jugaban austeras con la mente del médico. La lluvia llegó, acompañada por una tormenta eléctrica, y la habitación estaba expectante. Ello ocurrió de forma repentina; la puerta se abrió, ingresó una sombra y se oyeron dos disparos.

Autor: Aaron Gabriel Rossie

La aparición (Microrrelato Misterio)



Una niña, de pelo castaño y largo, estaba arreglándose el cabello en su habitación, mientras el viento de la noche ingresaba violentamente por la ventana.
La madre la llamó desde la cocina para avisarle que la cena estaba lista, por lo que salió disparada como un cohete. Tenía mucha hambre. Antes de que pusiera una mano en el barandal, alguien la tomó del hombro derecho. Era la madre, quien, con ojos desorbitados, le advirtió:
-No vayas. Yo también la oí.
-¿Quién anda ahí?-dijo la pequeña, volteandose, mirando hacia abajo.
Seguía escuchando el ruido a cacerolas y platos.
Sin qué nadie le respondiera, se volvió en sí y se paralizó del miedo. Estaba sola.

-¡Hija, se enfría la comida!


Autor: Aaron Gabriel Rossie

Versión .doc
Versión .pdf

Irreversible (Cuento Terror)



Maldigo el día en que encontré esta pocilga. En mi ser radica odio a todos aquellos que osaron ayudarme. Estoy atrapado en un sueño, un sueño irreversible. Sé que existen dos dilemas en la vida: el que sabe educar, edifica el futuro. El que deshonra, no siente vergüenza. Yo, en cambio, dudo lo que hice y deje de hacer.
Las sombras juegan conmigo. Me atosigan. Aquí, suelto en la inmersa oscuridad, trato de escapar. Miro las paredes, el suelo y el techo en búsqueda de respuestas. No las halló. Mi mundo se encuentra inundado de los peores recuerdos, disfrazados de locura y pasión.
Me levantó. El sol me acaricia el rostro. Me da calor. Sin embargo me percato que no es lo suficiente como para sentirme protegido. Extraño a la gente que me rodeaba, y a la vez no. Porque yo sin ellos soy feliz, aunque respiré la soledad.
Cada amanecer es un anochecer. Tarde o temprano caigo en la desesperación. Me ahogó con la saliva y la lengua se me atora en la garganta.
Hoy… si, hoy, voy a hacer algo diferente, de lo nunca me atreví, por mi desdichado pasado. Arrimé una silla a una ventana. Corrí las persianas y me asomé para disuadir qué había más allá, como un bebé que ansía ver por primera vez a la madre. No creo en las casualidades, pero la imagen es borrosa.
Otra vez vuelve a suceder lo mismo. Me están llevando a la habitación del horror.
Hace diez años descubrí que el mal existe. No me quiere. Se burla de mí. No sé cómo limpiar lo que dejé atrás. Deseo no morir de la angustia, aunque el chaleco de fuerza me lo impida.


Autor: Aaron Gabriel Rossie


                                        

El Persecutor (Cuento Terror)

   



Sobre la solemne gran campana del reloj de Londres, la nefasta oscuridad reinaba en pos a la soledad. Un hombre yacía tendido en las redes del abismo. Se miraba atónito la palma de la mano, empapada de sangre. Y la camisa, rasgada en cara interna de la pierna, y la herida profunda que marcaba todo el antebrazo.    
—Por Dios—dijo, preocupado—. ¡Qué desastre!
Perturbado por aquella escena, se limpió lo mejor que pudo: fue al baño y se metió a la ducha. Tardó una hora aproximadamente hasta que salió. Se sentía raro. Tenía una felicidad desmesurada. Mientras estaba allí limpiando la habitación, en un rincón vio algo que se movía. Se acercó a la mesa de luz, tomó una linterna, la encendió y la enfocó en donde estaba la ventana. No notó nada extraño.
—Será mi imaginación—sonrió.
Un sonido se escuchó a lo lejos, al otro lado de la casa, al tiempo que un viento abrazador subió por el techo. Dio un suspiró.
—Tengo que irme.
En menos de cinco minutos acomodó todo en su lugar. Cruzó la puerta que daba al jardín y la cerró con llave, dirigiéndose al auto a grandes zancadas.
Al entrar, otro ruido repercutió desde adentro de la vivienda. Las persianas se descorrieron por si solas y el hombre vio a una mujer que lo contemplaba con unos ojos envueltos de odio y rencor.
Tragó saliva con dificultad. Se le formó un nudo en la garganta. Estuvo paralizado unos segundos. Quiso decir unas palabras, pero la lengua se le atoró en la boca.
—Pum!
Era el topetazo de la madera. Se había abierto violentamente en el momento que un ser deforme, sin ojos, apareció, torciendo la cabeza hacia un lado.
— ¡Aléjate! Encendió el motor, colocó el primer cambio y se marchó, dejando atrás aquella criatura… Por lo menos eso fue lo que creyó…
Cayó la medianoche. La luna ocupaba un tercio del planeta. El hombre se golpeaba la frente. Le temblaba la pera. Jamás experimentó un miedo tan atroz como ahora. Al cabo de un rato, llegó a su hogar; aparcó el coche en la vereda y se metió corriendo. El sudor le chorreaba por las mejillas.
—Amor ¿llegaste?—le dijo una voz desde el segundo piso.
—Sí, querida—respondió, quitándose la ropa.
Hoy cumplían veinte años de casados y, unas horas antes que llegara, la esposa le propuso una noche romántica, la cual aceptó sin dudarlo.
Ingresó al cuarto completamente a oscuras. Tanteando lo poco que llegaba a vislumbrar la luz del poste de afuera, el hombre se sumergió en las frazadas e hicieron el amor. Lo disfrutaron. La oscuridad era de ellos. La llama de la pasión brilló hasta que un movimiento apagó el fuego. Él gritó, desesperado:
— ¡Sal! ¡Déjame en paz! — ¿Qué sucede?—bramó, tapándose sus partes íntimas.
Debajo de la cama, a un metro de distancia, había surgido lo que parecía ser… ¡un rostro!
— ¡Esa cosa me está persiguiendo!—explicó. Se le erizaron los pelos de la nuca
— ¿Qué estás hablando?—preguntó, apretando los dientes— ¡Oh, Dios mío!
Se levantó de un salto, prendió la luz y, para su sorpresa, se encontraba sola.



Autor: Aaron Gabriel Rossie

Versión .doc
Versión .pdf