Ella da una media vuelta, se mira los largos
cabellos rubios que le acarician el nacimiento de las caderas. Contempla la
desgarbada figura que le devuelve el espejo, con los ojos vidriosos, con los
labios trémulos.
Ella no puede dejar de mirarse, buscando lo que
jamás encontrará en ese reflejo ilusorio, en ese bosquejo inconcluso. Se pone
de puntitas sobre los zapatitos de danza que eran de su madre, gira una y otra
vez, queriendo marearse, queriendo desmayarse.
Ella lo recuerda todo perfectamente. Jamás lo
olvidará. Como el hierro caliente que se marca sobre la piel y deja heridas que
nunca cerrarán. Sabe que cada una de sus decisiones la llevaron donde ahora
está, y nadie es más dueño de su vida que ella misma.
El sol que le calentaba la nuca mientras acompañaba
a esa mujer de largos cabellos castaños hasta el salón de danza, y aguardaba
fuera de la puerta, con la cara pegada al vidrio para poder vislumbrar cómo
bailaba, y su figura esbelta saltaba de un lado hacia otro. Entonces mamá era
hermosa, y dulce, y cada movimiento de su cuerpo era una caricia.
Aun recordaba los gritos de su padre cada vez que la
descubría usando los cosméticos de su madre, cuando se miraba al espejo y
trataba de ser como ella, como esa hada sutil que era mientras bailaba. Papá la
arrastraba por las escaleras hasta el sótano y la dejaba ahí por horas, hasta
que se cansaba de gritar y sus lágrimas no eran más que cuencos secos.
Mamá nunca se oponía. Mamá era la sombra de papá, de
todo lo que él decía y la obligaba a hacer. Jamás se enfadaba, jamás se
quejaba. Ni siquiera cuando ella le rompió su perfume costoso, ese de una
fragancia dulce como la miel. Mamá no la regañó.
¿Por qué, mamá?
¿Por qué jamás cuestionaste nada sobre papá? ¿Por qué podías sonreír aun cuando
sabías que él no te amaba? ¿Por qué a él lo seguías amando a pesar de todos sus
errores… pero no pudiste seguir amándome a mí?
Ella era una de las mejores alumnas de la escuela.
Los profesores del instituto siempre halagaban su buen desempeño, pero
cuestionaban su personalidad. Sus modismos, su forma de llevar el cabello, su
forma de vestirse. Sus compañeros de clase no la aceptaban. Esperaban a que las
puertas del colegio se cerraran, y cuando nadie podía defenderla, la golpeaban
hasta que su rostro no era más que una masa amoratada. Mamá nunca cuestionaba
por qué tenía esos golpes. A papá no le importaban.
Ella era muy tímida. Cada vez que intentaba entablar
una conversación con alguien los nervios le fallaban y quedaba en ridículo.
Ella siempre fue muy torpe. Ella creía que nadie podría amar a alguien tan
insignificante hasta que… apareció él.
Lo conoció en la liga de deportes que su padre le
obligaba a hacer después de la escuela. Le gustaban sus ojos negros, su boca de
labios finos, el cabello castaño que le acariciaba la frente cada vez que se
inclinaba para reír. Pero él jamás la miraba. Era imposible que se fuera a
fijar en ella, con todos sus errores y todas sus anormalidades.
— ¿Te gustaría que te acompañe hasta tu casa?
Él no sabía lo acelerado que estaba su corazón cada
vez que se le acercaba. Él no tenía idea, por eso hacía esas cosas, por eso la
ilusionaba cuando sabía que jamás podría amarla.
—Me gustas.
Ella se lo había imaginado miles de veces, cómo sería su rechazo, cómo se sentirían esas
palabras que calaban hasta el alma e iban derrumbando una a una sus esperanzas.
Pero él sonrió. Y la besó. Y fue un beso tan profundo y tan extenso, que hasta
alcanzó la luna con uno de sus suspiros, y volvió hasta la tierra sólo para continuar
a su lado.
Ella estaba enamorada. Y ya no importaba lo que
dijera su madre cada vez que la veía usando sus cosméticos, y ya no importaban
los golpes de su padre cuando no le permitía salir de la casa vestida de esa
manera. Ya no importaba nada.
— ¡Si sales por esa puerta jamás vuelvas a entrar!
Ella se marchó. Se fue con él a un viaje errante. Lo
esperaba volver hasta altas horas de la noche, y jamás salía del hotel hasta
que él llegaba. No se lo permitía. Pero todo aquello valía la pena si al llegar
nuevamente la recibía en sus brazos, con esos besos cálidos y esas caricias
dulces que nadie había sabido darle.
Ella los vio. Él tenía en sus brazos a esa chica que
no era como ella, que tenía las caderas anchas y la cintura de avispa, que
tenía los pechos firmes y la barbilla pequeña. Ella los encontró juntos en el
hotel, pero no pudo decir nada. No tenía derecho.
—No, no me mires así… sabías que no iba a poder
continuar con esta locura.
Ella no se lo negó. Simplemente se esfumó en el
aire, como la brisa suave que arrastraba las hojas. Y jamás volvió a verlo.
Vagó sin rumbo por las calles; una noche la acogían
los sabuesos hambrientos que descasaban hechos un ovillo bajo la luz artificial
del poste; otras se acurrucaba en el banco del parque, buscando calor tras un
montón de periódicos viejos.
Mamá fue a buscarla. Papá había muerto. Su preciado
Porsche se había estrellado contra un camión de carga. Ella se vistió de negro.
Contempló los rostros que expedían sus falacias de llanto, que fingían dolor
cuando nadie lo iba a echar de menos. Mamá no dejaba de mirarla. Sí, de esa
misma manera que cuando la vio por primera vez llenándose el brassier de
algodón y pintándose el rostro con sus cosméticos.
Yo lo sé, mamá.
Tú no esperabas esto de mí. Cuando los médicos te decían “es un varón”, tú
soñabas con un hijo abogado, ingeniero o doctor. Cuando me veías crecer querías
hacerme a imagen y semejanza de papá, para que él se sintiera orgulloso de ti.
Pero cuando quise ser como tú, mamá… entonces no pudiste soportarlo.
La casa se había convertido en una mazmorra
silenciosa y decrépita, que veía la figura menuda de su madre desfilar sin
rumbo, cual alma en pena. Mamá no decía nada. No gritaba, no se quejaba. Mamá
nunca decía absolutamente nada.
Ella volvió a huir, pero no de su madre, ni de su
padre, ni de él, ni de la casa… quería huir de ella misma, de todo su pasado,
de lo que fue y lo que jamás podría ser.
Conoció una y mil almohadas que al despuntar el alba
estaban manchadas de culpa. Conoció una y mil razones para odiarse aún más.
Hasta que la conoció a esa mujer.
Intentaba ocultar sus cabellos canosos con una
potente tintura rojiza, se pintaba las uñas escandalosamente y usaba una malla
ajustada que a sus cincuenta años de edad la hacían ver como una gran muñeca
desgarbada. Poseía la sabiduría más infinita y sus palabras de consuelo eran
como caricias sobre sus heridas. Al caminar cojeaba porque su esposo la había
golpeado tanto que le quebró en ocho partes el fémur. Ahora que era vieja y
estaba viuda sólo le quedaban sus recuerdos.
— ¿Qué tanto miras en ese espejo, cariño? ¿Qué
esperas encontrar?
Ella vio que a través de su reflejo, esa mujer que
había sido como su madre todos esos últimos diez años se le acercaba despacio,
sosteniéndose con el bastón.
¿Por qué, mamá?
¿Por qué no pudiste comprenderme como lo hizo ella cuando intentaba explicarte
lo que sentía? ¿Por qué me ignoraste y preferiste pensar que estaba enferma en
lugar de aceptarme tal y como soy?
Sintió su mano cálida que le acariciaba la mejilla y
se acercaba junto a su oído, para sostenerle la barbilla y obligarla a
contemplarse.
— ¿Qué es lo que ves en ese espejo?
Las piernas que eran demasiado largas y nudosas, la
espalda ancha y la nuez de adán que no lograba ocultar ni siquiera tras esa
delicada bufanda de plumas, la forma gruesa de su barbilla que a pesar de
maquillarse el rostro no podía pasar por desapercibida.
No sabía qué era
lo que estaba viendo, ¿qué era lo que deseaba ser? Había dejado todo
atrás, ¿para ser qué?
La mujer le acarició los cabellos rubios que se
deslizaban por su espalda, susurrando en tono suave.
— ¿Quieres que te diga qué veo yo?
Ella derramó una lágrima silenciosa que corrompió el
iris verdoso de sus ojos, para caer lentamente hasta su barbilla.
—Una valiente mujer.
Autora: Abigail De Von





