Una anciana,
llamada Margarita, amaneció con el corazón agobiado y lleno de dolor, a pesar
de ser creyente, y se orientó a paso cauteloso entre medio de la oscuridad,
tanteando lo poco que iluminaba una lámpara de mesa. El interior de la
habitación era un recoveco infinito, y cada paso que daba tropezaba con los
muebles. Había un moribundo olor impregnado en las paredes. Los años vinieron
por si solos, proclamando una emanación funesta. Era el monstruo de la ambigua
desazón del pasado. La abuela habría dado todo lo que fuera por salir de aquel
mundo, por escapar de la potestad peligrosa de los recuerdos. Sin embargo
carecía de toda voluntad, el Alzheimer le estaba consumiendo lo poco que le
quedaba.
— ¡Por Dios! ¡Dame
fuerzas! —Exclamó, arrimándose al escritorio de madera—. No me abandones…
Se dejó llevar por
la imaginación y, luchando a viento y marea, hizo lo que pudo, unos dibujos a
color. Curvó la muñeca con delicadeza, deslizó el lápiz de arriba abajo, sin
dudar lo que estaba haciendo. Utilizó tres hojas. A la media hora, cuando creyó
que había terminado, se arrimó a la ventana y descorrió las cortinas para que
ingresaran a caudales los chorros de luz solar.
Ella era una mujer
huérfana, bajo el cuidado de los servicios de un geriátrico, a quien a menudo
unas mujeres le limpiaban, por debajo del colchón, donde, constantemente, se
orinaba; y aquellas señoras de limpieza siempre la atendían amablemente.
Lo segundo que hizo
fue salir a la puerta para disfrutar del día. Exhaló un prolongado suspiro. Los
pájaros cantaban y revoloteaban. Los abuelos se encontraban ya reunidos en una
mesa, charlando del mismo tema, como todos los días, con ternura y pasión:
— ¿Les he dicho que
he trabajo de pesquero? Era un trabajo honrado.
— ¿Resististe los
mareos? —le preguntó otro, tosiendo con fuerzas.
—Si. Fueron los
mejores momentos. Me estaban pagando miserias, pero me gustaría repetirlo de
nuevo. Lo haría gratis.
—Mi padre era
ayudante de un cineasta famoso—comentó un viejo—. Tenía once años cuando me
llevaba a leer sus monólogos. Eran interesantes.
— ¿Hace mucho que
no veo a mis hermanos? —Dijo una abuela, con tristeza—. Tengo que ir a
visitarlos. Vivíamos todos juntos en el campo…
— ¿Cómo se llaman?
—la interrumpió uno.
—Guillermina,
Faustina y Patricio—respondió, amargada—. Me dejaron sola… Mi abuelo, Enrique…
Nunca vino a visitarme…
Al llegar la noche,
Margarita se acercó con cautela a la entrada de la casona y su corazón comenzó
a latir agitado dentro de su pecho. Una persona, de aparentemente cincuenta
años, bajó de un auto y se encaminó hacia su encuentro. Éste la saludo, abrazándola.
Por su parte, no articuló ningún gesto en el rostro. Durante unos quince
minutos no movió ningún músculo. El muchacho que ahora se había convertido en
hombre contuvo las ganas de llorar. La tomó de las manos y entraron nuevamente;
subieron unos escalones por encima de la marquesina, y detrás de la puerta, se
hallaba de pie, sonriente, una mucama, que los recibió con los brazos en alto.
Margarita la ignoró; el joven dirigió sus ojos por detrás de la joven y le hizo
una seña que quería acompañarla hasta el fondo del pasillo. Enseguida se lo
permitió, haciéndose un lado.
Continuaron hasta
el final y, sin pronunciar palabra, se metieron en el cuarto. El lugar se había
vuelto penoso como si algún ser querido que falleció ahora estuviera allí. Y
entonces, Margarita se sentó en el pupitre con congoja.
— ¿Qué sucede? —le
dijo él, preocupado, reteniendo un nudo grande en la garganta.
—Mira
esto—respondió, con un hilo de voz—. Tenlos.
Cogió los
mencionados papeles. Los observó, lleno de vértigo. En el primero, se había
hecho ella misma, sosteniendo a un bebé, en una sala de un hospital. En la
otra, recibiendo, con una espléndida sonrisa, de oreja a oreja, a un hombre con
un birrete en la cabeza. Y en la última descubrió una ventana…
Le clavó la vista a
Margarita. Ésta no le devolvió la mirada. Meditaron en el silencio, mientras
una nueva e insoportable sensación apareció en escena. No se atrevieron
siquiera a contemplar el cielo nocturno, al tiempo que luchaban por rechazar la
idea de que algo más allá los estaba esperando. Pasaron unos cinco minutos y,
antes de que pudiera reunir coraje, la aupó, colocándose en un sillón de cuero
usado.
— ¿Quieres que te
cante? —le preguntó.
Margarita afirmó
con la cabeza.
— Arrorró mi niña,
arrorró mi sol. Arrorró pedazo de mi corazón. Esta niña linda se quiere dormir
y el pícaro sueño no quiere venir. Esta niña linda que nació de noche quiere
que lo lleven a pasear en coche. Esta niña linda, ya quiere dormir; háganle la
cuna de rosa y jazmín…
Soltó una lágrima y
continúo.
—Arrorró mi niña,
arrorró mi sol. Duérmete pedazo de mi corazón…
Se secó las
mejillas.
—Madre—dijo
suspirando—. Siempre te voy a amar y te voy a recordar.
—Yo también, hijo.
Y cerró los ojos.
Otro camino la aguardaba, por razones que conocerá en el Paraíso.
Autor: Aaron Gabriel Rossie

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