Sobre la solemne gran campana del reloj de Londres, la nefasta oscuridad reinaba en pos a la soledad. Un hombre yacía tendido en las redes del abismo. Se miraba atónito la palma de la mano, empapada de sangre. Y la camisa, rasgada en cara interna de la pierna, y la herida profunda que marcaba todo el antebrazo.
—Por Dios—dijo, preocupado—. ¡Qué desastre!
Perturbado por aquella escena, se limpió lo mejor que pudo: fue al baño y se metió a la ducha. Tardó una hora aproximadamente hasta que salió. Se sentía raro. Tenía una felicidad desmesurada. Mientras estaba allí limpiando la habitación, en un rincón vio algo que se movía. Se acercó a la mesa de luz, tomó una linterna, la encendió y la enfocó en donde estaba la ventana. No notó nada extraño.
—Será mi imaginación—sonrió.
Un sonido se escuchó a lo lejos, al otro lado de la casa, al tiempo que un viento abrazador subió por el techo. Dio un suspiró.
—Tengo que irme.
En menos de cinco minutos acomodó todo en su lugar. Cruzó la puerta que daba al jardín y la cerró con llave, dirigiéndose al auto a grandes zancadas.
Al entrar, otro ruido repercutió desde adentro de la vivienda. Las persianas se descorrieron por si solas y el hombre vio a una mujer que lo contemplaba con unos ojos envueltos de odio y rencor.
Tragó saliva con dificultad. Se le formó un nudo en la garganta. Estuvo paralizado unos segundos. Quiso decir unas palabras, pero la lengua se le atoró en la boca.
—Pum!
Era el topetazo de la madera. Se había abierto violentamente en el momento que un ser deforme, sin ojos, apareció, torciendo la cabeza hacia un lado.
— ¡Aléjate! Encendió el motor, colocó el primer cambio y se marchó, dejando atrás aquella criatura… Por lo menos eso fue lo que creyó…
Cayó la medianoche. La luna ocupaba un tercio del planeta. El hombre se golpeaba la frente. Le temblaba la pera. Jamás experimentó un miedo tan atroz como ahora. Al cabo de un rato, llegó a su hogar; aparcó el coche en la vereda y se metió corriendo. El sudor le chorreaba por las mejillas.
—Amor ¿llegaste?—le dijo una voz desde el segundo piso.
—Sí, querida—respondió, quitándose la ropa.
Hoy cumplían veinte años de casados y, unas horas antes que llegara, la esposa le propuso una noche romántica, la cual aceptó sin dudarlo.
Ingresó al cuarto completamente a oscuras. Tanteando lo poco que llegaba a vislumbrar la luz del poste de afuera, el hombre se sumergió en las frazadas e hicieron el amor. Lo disfrutaron. La oscuridad era de ellos. La llama de la pasión brilló hasta que un movimiento apagó el fuego. Él gritó, desesperado:
— ¡Sal! ¡Déjame en paz! — ¿Qué sucede?—bramó, tapándose sus partes íntimas.
Debajo de la cama, a un metro de distancia, había surgido lo que parecía ser… ¡un rostro!
— ¡Esa cosa me está persiguiendo!—explicó. Se le erizaron los pelos de la nuca
— ¿Qué estás hablando?—preguntó, apretando los dientes— ¡Oh, Dios mío!
Se levantó de un salto, prendió la luz y, para su sorpresa, se encontraba sola.

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