domingo, 19 de julio de 2015

Poseído (Cuento Terror)




Otra noche, otra oportunidad para visitar las puerta del infierno. Eso es lo que pensaba un hombre antes de dormir. Se alejó de la realidad, contemplando el techo rajado por una grieta de humedad.
Cuando la oscuridad le tapó la vista, cerró los ojos, rezando. Antes que el búho cantara, se despertó con la sensación que sería más fácil llorar que gritar.
Estando boca arriba, sintió un leve temblor en la cama, que lo paralizó del miedo. No se movió. Intentó pedir auxilio, pero un nudo en la garganta se lo impedía.
Laura, su esposa, quien se encontraba al lado suyo, no se percató de lo sucedido. El marido quiso llamarla y en ese momento algo escondido entre las penumbras saltó hacia la ventana, gimiendo, entre chillidos de murciélago degollado.
— ¡Déjame en paz!—exclamó el muchacho.
— ¿Qué pasó?—dijo la mujer, enojada.
—Otra vez, Laura. Otra vez…—dijo angustiado.
Ese mismo día, el hombre pidió una cita con el psiquiatra, como lo venía haciendo hace una semana… una semana atestada de sueños horrorosos, en los que veía a lo lejos una sombra…
—Cada vez se me acerca más—explicó el paciente, reposando en una cama, fijando la vista hacia un costado—. Lo último que vi es que entraba por una puerta…
El especialista era una persona mayor, de pelo castaño, con barba. Tenía anteojos y ahora lo miraba por debajo de los lentes.
—Tranquilo, Alan—musitó, dejando escapar un prolongado suspiro—. Son recuerdos o sensaciones que quedaron almacenados en el subconsciente durante un lapso de tiempo. Quizás esa “cosa” que te anda acosando sea producto de los problemas que tienes con tu pareja. No es aconsejable que te guardes lo que piensas acerca del amor. Háblale, pregúntale cuál es el problema y respóndele las inquietudes.
—Francisco—dijo, sentándose—. No hay vuelta. Todo tiene un fin. Haré lo que usted me diga. La semana que viene no voy a poder verlo.
— ¿Por qué?—preguntó.
—Hoy me voy de vacaciones—respondió con rapidez.
— ¿Con Laura?
—Prefiero estar solo—finalizó, serio.
—Bueno, Alan—miró el reloj de madera que estaba en la pared—. La sección ha terminado. Nos veremos la próxima. No olvides de seguir tomando la medicación.
—Hasta luego—dijo el muchacho, extendiéndole una mano. Francisco se la estrechó fuertemente.
El psiquiatra lo despido amablemente. Luego acomodó los libros en los estantes, cerró las cortinas, tomó el bolso del perchero, el móvil y se fue a la casa.
Mientras conducía se acordaba lo que le había relatado la primera vez, sobre la aparición de un “bicho con forma humana” Estaba claro que la situación era extremadamente delicada.
Francisco cenó junto a su familia. Al terminar, le comentó a la mujer, Anastasia, lo del paciente.
—Te estás preocupando mucho y al final, como ya te lo he dicho, no vas a poder solucionarlo—le dijo ella, con actitud desdeñosa—. Está loco.
—Lo sé—articuló—. Me preocupa igualmente algo que me narró.
—Vamos a la cama—lo tomó de los brazos.

Esta vez, Francisco no pudo dormir. Las sombras jugaban austeras con la mente del médico. La lluvia llegó, acompañada por una tormenta eléctrica, y la habitación estaba expectante. Ello ocurrió de forma repentina; la puerta se abrió, ingresó una sombra y se oyeron dos disparos.

Autor: Aaron Gabriel Rossie

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