Otra noche, otra
oportunidad para visitar las puerta del infierno. Eso es lo que pensaba un
hombre antes de dormir. Se alejó de la realidad, contemplando el techo rajado
por una grieta de humedad.
Cuando la oscuridad
le tapó la vista, cerró los ojos, rezando. Antes que el búho cantara, se
despertó con la sensación que sería más fácil llorar que gritar.
Estando boca
arriba, sintió un leve temblor en la cama, que lo paralizó del miedo. No se
movió. Intentó pedir auxilio, pero un nudo en la garganta se lo impedía.
Laura, su esposa,
quien se encontraba al lado suyo, no se percató de lo sucedido. El marido quiso
llamarla y en ese momento algo escondido entre las penumbras saltó hacia la
ventana, gimiendo, entre chillidos de murciélago degollado.
— ¡Déjame en
paz!—exclamó el muchacho.
— ¿Qué pasó?—dijo
la mujer, enojada.
—Otra vez, Laura.
Otra vez…—dijo angustiado.
Ese mismo día, el
hombre pidió una cita con el psiquiatra, como lo venía haciendo hace una semana…
una semana atestada de sueños horrorosos, en los que veía a lo lejos una
sombra…
—Cada vez se me
acerca más—explicó el paciente, reposando en una cama, fijando la vista hacia
un costado—. Lo último que vi es que entraba por una puerta…
El especialista era
una persona mayor, de pelo castaño, con barba. Tenía anteojos y ahora lo miraba
por debajo de los lentes.
—Tranquilo,
Alan—musitó, dejando escapar un prolongado suspiro—. Son recuerdos o
sensaciones que quedaron almacenados en el subconsciente durante un lapso de
tiempo. Quizás esa “cosa” que te anda acosando sea producto de los problemas
que tienes con tu pareja. No es aconsejable que te guardes lo que piensas
acerca del amor. Háblale, pregúntale cuál es el problema y respóndele las
inquietudes.
—Francisco—dijo,
sentándose—. No hay vuelta. Todo tiene un fin. Haré lo que usted me diga. La
semana que viene no voy a poder verlo.
— ¿Por
qué?—preguntó.
—Hoy me voy de
vacaciones—respondió con rapidez.
— ¿Con Laura?
—Prefiero estar
solo—finalizó, serio.
—Bueno, Alan—miró
el reloj de madera que estaba en la pared—. La sección ha terminado. Nos
veremos la próxima. No olvides de seguir tomando la medicación.
—Hasta luego—dijo
el muchacho, extendiéndole una mano. Francisco se la estrechó fuertemente.
El psiquiatra lo
despido amablemente. Luego acomodó los libros en los estantes, cerró las
cortinas, tomó el bolso del perchero, el móvil y se fue a la casa.
Mientras conducía
se acordaba lo que le había relatado la primera vez, sobre la aparición de un
“bicho con forma humana” Estaba claro que la situación era extremadamente
delicada.
Francisco cenó
junto a su familia. Al terminar, le comentó a la mujer, Anastasia, lo del
paciente.
—Te estás
preocupando mucho y al final, como ya te lo he dicho, no vas a poder solucionarlo—le
dijo ella, con actitud desdeñosa—. Está loco.
—Lo sé—articuló—.
Me preocupa igualmente algo que me narró.
—Vamos a la cama—lo
tomó de los brazos.
Esta vez, Francisco
no pudo dormir. Las sombras jugaban austeras con la mente del médico. La lluvia
llegó, acompañada por una tormenta eléctrica, y la habitación estaba
expectante. Ello ocurrió de forma repentina; la puerta se abrió, ingresó una
sombra y se oyeron dos disparos.
Autor: Aaron Gabriel Rossie

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